Oportunidades en Energía

02/05/2016
Se espera que, a nivel global, las energías renovables generen el 25% del total de la producción en 2018 (mientras que en 2011 era del 20%).

El debate sobre la energía gira alrededor de dos grandes temas: el incremento de la demanda global y la consiguiente potencial escasez de las fuentes actuales, y el impacto negativo en el medio ambiente de las formas de producción hoy económicamente más rentables. Como consecuencia, se requiere un mayor foco en la mejora de la eficiencia energética (en las formas de producción y consumo actuales), así como el desarrollo de nuevas tecnologías que definan nuevas formas de producción y distribución para el futuro.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA) estima que en los próximos 25 años la demanda global
de energía aumentará un 37%
. No hay acuerdo sobre cuál será la principal fuente de energía en ese momento. Para empezar, no hay consenso sobre la escasez de los hidrocarburos fósiles disponibles hoy en el planeta. Algunos consideran que no llegará el peak oil (momento en el que se alcanza el máximo en la disponibilidad de combustibles fósiles en el planeta), ni tampoco el peak technology (el culmen de las tecnologías capaces de extraerlos en condiciones cada vez más complejas). Pero sean cuales sean las reservas, parece que una proporción creciente de la energía necesaria deberá proceder de fuentes renovables, lo que requerirá inversiones ingentes.

Sobre el calentamiento global, una de las predicciones más plausibles de la IEA supone un aumento global de cuatro grados de la temperatura del planeta para el año 2100, aunque otras fuentes hablan de un escenario de 2 grados (2DS: two degrees scenario). Para frenarlo, la inversión necesaria para la “decarbonización” de las futuras formas de generación de energía (reducción en la dependencia de combustibles fósiles, y reducción en la emisión de CO2) se estima en el orden de los 44 billones (europeos) de dólares.

La alternativa más asequible consiste en combinar mejoras sustanciales en eficiencia energética en la producción, distribución y consumo con la explotación de nuevas fuentes renovables (energía limpia), y la explotación de fuentes emergentes como el gas de esquistosEl shale o roca de esquisto es una formación sedimentaria que contiene gas y petróleo. La característica definitoria del shale es que no tiene la suficiente permeabilidad para que el petróleo y el gas puedan ser extraídos con los métodos convencionales, lo cual encarece la explotación y hace necesaria la aplicación de nuevas tecnologías(shale gas).

La tecnología de distribución experimentará transformaciones notables, ya sea a través de la interconexión inteligente de las redes (nacionales y transnacionales), o del mejor análisis y uso de los datos generados en la oferta y demanda de energía. Es en este sentido que podemos decir que el futuro de la energía reside en los servicios inteligentes de energía (smart energy).

Se esperan disrupciones en la tecnología de generación de renovables (y en la reducción de sus costes de producción), en el almacenamiento de energía (baterías y otros mecanismos), y en la captura del CO2 para reducir su impacto en el cambio climático. Hay una gran presión en este campo, dado que se prevé que muchas de las centrales nucleares existentes tendrán que cerrar (por presión popular) en las próximas décadas, y es poco probable que esta forma de producción de energía vuelva a ser relevante en el futuro.

Aunque episodios de caída en los precios de los combustibles fósiles aportan poco estímulo a la transición hacia una economía “baja en emisión de carbono”, algunos países ya han tomado decisiones firmes en favor de las energías renovables. Es el caso de la decisión de Alemania de abandonar totalmente la energía nuclear en 2020 (energiewende), el reencuentro de Japón con la energía solar tras la catástrofe de Fukushima o la inversión creciente de China en eólica (ya se han instalado la mitad de los 200 GW previstos en energía eólica para 2020).

Finalmente, la proliferación de objetos conectados a la Internet de las cosas (que se estima en el rango de los miles de millones de objetos en 2050) tendrá como consecuencia un nada trivial aumento del consumo de energía.